Luego de los éxitos cosechados con “La vegetariana”, “Actos humanos”, “El libro blanco” y “I do not bid farewell”, la escritora Han Kang presenta en “La clase de griego” una historia donde filosofa sobre las pérdidas y mantiene viva la presencia del escritor argentino Jorge Luis Borges.
A finales de 2023 aparece la edición en español de la novela La clase de griego traducida con el apoyo de The Daesan Foundation. Una novela que desde su primera página comienza con una referencia al escritor Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, conocido comúnmente como Jorge Luis Borges:
“Borges le pidió a María Kodama que grabara en su lápida la frase ‘Él tomó su espada, y colocó el metal desnudo entre los dos’. Kodama, la hermosa y joven mujer de ascendencia japonesa que fuera su secretaria, se casó con Borges cuando este tenía ochenta y siete años y compartió los últimos tres meses de la vida del escritor. Ella fue quien lo acompañó en su tránsito postrero, que acaeció en Ginebra, la ciudad donde el escritor pasó su infancia y donde deseaba ser enterrado”.
Este comienzo de La clase de griego muestra el acercamiento de Han Kang a la vida y las letras del escritor occidental. Acercamiento que pasa a ser fascinación a medida que avanzamos en la lectura.
El propósito de estas líneas es explorar las huellas del escritor argentino presentes en la La clase de griego, la quinta novela de la escritora coreana Han Kang.

¿Por qué Borges?
Esta fue la primera pregunta que me hice cuando comencé a leer La clase de griego. Rápidamente, encontré respuesta gracias a una nota en un medio digital argentino realizada por, la licenciada en Ciencias de la Comunicación y magíster en Comunicación y Cultura, Belén Marinone.
Belén conversó vía email con la escritora Han Kang, luego de varios intentos. Han contó a Belén que durante un bloqueo creativo no podía leer ficción, excepto los cuentos de Borges:
“… mientras trabajaba en mi cuarta novela durante cuatro años y medio, tuve un bloqueo de aproximadamente un año. Fue un periodo en el que no tenía deseos de escribir ni de leer novelas, y solo veía documentales en lugar de películas de ficción. En ese momento, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo libros de astrofísica. Curiosamente, de ficción, únicamente podía leer los cuentos de Borges. Recuerdo especialmente haber disfrutado y releído sus últimas obras”.
La fascinación por Borges, o más exactamente, la invitación a deambular entre luces y sombras del pensamiento y las acciones humanas quedan impregnadas en los personajes de la novela.
Un protagonista con ceguera como Borges
El protagonista de La clase de griego, un hombre que a los quince años se fue a Alemania y a los treinta y un años regresó a Corea, transita una ceguera progresiva y hereditaria como la que experimentó Jorge Luis Borges. El personaje ficcionado por Kang está consciente de que, aproximadamente, a los cuarenta años perderá la vista. Este hombre que no cree en dios, y cuyo nombre nunca aparece en la novela, es un profesor de griego antiguo que ante el miedo de escribir mal en el pizarrón las oraciones (por no ver de manera nítida) las memoriza previamente cuando prepara sus clases.
En unas líneas se nos aclara que el papá, el abuelo y el bisabuelo (paternos) del protagonista perdieron la vista. Esto guarda correspondencia con la vida de Borges. En febrero de 1914, su familia viajó a Europa para que Jorge Guillermo, padre de Jorge Luis, encontrara tratamiento para su ceguera.
Durante el tránsito de su ceguera, Jorge Luis Borges visitó al sanador Padre Mario en la comunidad González Catán de la Provincia de Buenos Aires. El sacerdote pasó sus manos cerca de sus ojos sin tocarlo. Borges afirmó haber sentido destellos de luces. Mario Pantaleo comentaría que eso fue producto de la imaginación del escritor.

El libro sobre budismo de Borges
El protagonista de La clase de griego recuerda cuando en una librería coreana consiguió un libro pequeño de una conferencia que dio Borges sobre el budismo, con la esperanza de empezar a comprender las cuestiones básicas.
“Entonces no me fijé mucho en la foto en blanco y negro del escritor –con los ojos cerrados y las manos unidas cerca del pecho, como si rezara o se arrepintiera de algo-, que aparecía reproducida en la mitad superior de la tapa de color verde”.
Este libro le resultó un texto de fácil comprensión e introductorio, el cual abandonó rápidamente y arrinconó en su estantería. Pasó el tiempo y, ya en la época universitaria cuando había leído en alemán los cuentos y una biografía crítica de Borges, volvió a leer de nuevo el libro sobre budismo con otra mirada.
“Esta mañana me acordé de nuevo de ese fino libro de color verde y lo saqué del baúl que guardaba en el trasero. Mientras pasaba una a una las páginas, descubrí una anotación mía hecha, con trazos rápidos. Debajo de una frase de Borges que decía ‘El mundo es una ilusión y la vida es un sueño’, podía leerse: ¿Cómo es posible que sea tan nítido ese sueño? ¿Cómo puede ser un sueño si mana la sangre y brotan las lágrimas calientes?”.
Si el protagonista de La clase de griego sentía que la vida no era un sueño, probablemente, se debía a la consciencia de la futura pérdida de su visión que en el momento cuando escribió la anotación todavía no había experimentado.
Años después cuando empieza a producirse la ceguera comienza el proceso de pensamiento y reflexión sobre la pérdida. Este es el hilo conductor de La clase de griego. Un profesor de griego antiguo que se aproxima a una alumna (cuyo nombre tampoco aparece en la novela) que ha perdido el habla y busca destrabar su lengua con la rareza de un idioma poco conocido.
También, hay otra pérdida. La de un amigo que muere a los treinta y siete años. Han Kang decide ponerle nombre: Joachim Grundell. Lo habían operado una docena de veces desde bebé y había sobrevivido e ido a la universidad. Solía beber alcohol y fumaba sin disimulo. Él dejó una máxima areté para filosofar: “pensamos en la vida cuando vamos a morir”. ¿Acaso esto no es una forma occidental de pensar la vida y la muerte? Para el budismo vida y muerte es un continuum, la muerte no es el término de la vida.
Es el budismo la religión que exige menos de nuestra credulidad y más de la ética, como dijera Borges en un diálogo que tuvo lugar en la Casa de las Naciones Unidas de Buenos Aires, el martes 22 de noviembre de 1983. Y dicho sea, también, que Brian Peter Harvey, el erudito británico contemporáneo del budismo, considera a Jorge Luis Borges el mayor exponente argentino (más bien iberoamericano) de la difusión del budismo en el siglo XX.

El tiempo: “un fuego que me consume”
Esta es la definición del tiempo de Borges citada por Han Kang en La clase de griego. Más que aludir al presente (porque su verbo está en presente) hace referencia a un tiempo suspendido que lucha contra la extinción.
Luego de veinte breves capítulos, en el capítulo veintiuno los protagonistas se encuentran de modo más íntimo:
“Antes de separarte por completo de mi cuerpo,
Me diste un lento beso en la boca,
En la frente,
En las cejas,
En ambos párpados.
Fue como si me besara el tiempo.”
El beso del tiempo es la metáfora del tiempo suspendido, de la eternidad.
Tras mi búsqueda de las huellas de Borges en “La clase de griego” me he encontrado con un protagonista que transita una ceguera progresiva y hereditaria como la del escritor argentino, una referencia explícita al libro “Qué es el budismo”, publicado en colaboración con Alicia Jurado y una definición borgiana del tiempo, presente en los veintiún capítulos y el capítulo cero que funciona como epílogo.
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